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La Historia de los Latinos en las Grandes Ligas
Pasión y estilo. Eso es lo que han aportado los peloteros
hispanos a las Ligas Mayores del béisbol desde 1902, dándole
un nuevo matiz para que todo fuera diferente. Los peloteros
hispanos han combinado su ferviente amor por el juego, una
comprensión instintiva de sus fundamentos y una gracia atlética
natural, dejando una valiosa y extensa herencia a este
deporte.
En 2003 sus logros fueron mayores que nunca. El campocorto
dominicano Alex Rodríguez, Rangers de Texas, fue escogido
como el jugador más valioso de la Liga Americana. A-Rod fue
el campeón de jonrones (47) y anotadas (124). El primera
base Albert Pujols, Cardenales de San Luis, fue seleccionado
como el Pelotero del Año. Albert lideró la Liga Nacional
en anotadas (137), hits (212) y dobles (51). Angel Berroa,
shorstop de los Royals de Kansas City, fue nombrado el
Novato del año de la Liga Americana. Tony Peña fue
seleccionado como el Manager del Año del joven circuito.
Estos últimos tres también dominicanos. El primera base
puertorriqueño Carlos Delgado, Azulejos de Toronto, comandó
la Liga Americana en impulsadas con 145, además se convirtió
en el primer latino en disparar cuatro jonrones en un mismo
juego y el sexto que lo logra consecutivamente en la
historia de las Mayores. El dominicanao Sammy Sosa,
Cachorros de Chicago, en abril se convirtió en el primer
hispano en arribar al club de los 500 jonrones. Luego el
cubano Rafael Palmeiro lo emuló ingresando también al
selecto grupo de los 500 cuadrangulares. El colombiano Edgar
Rentería, Cardenales de San Luis, tuvo temporada de ensueño,
al disparar 194 hits, 100 remolcadas y un robusto promedio
de .330 de bateo. Magglio Ordóñez, Medias Blancas de
Chicago, continúo su tórrido bateo, terminando por quinto
seguido sobre los trescientos puntos. El nacido en Venezuela
disparo 194 hits, 47 dobles y bateó para .317. Una de las
grandes actuaciones la tuvo el lanzador de México, Esteban
Loaiza, Medias Blancas de Chicago, con récord de 21-9,
2.90, además quedó líder en ponches con 207. El panameño
Mariano Rivera, Yankees de Nueva York, amansó 40 salvados
por cuarta vez en su carrera, constituyéndose en el mejor
relevista de la Liga Americana. Por igual, el quisqueyano
Pedro Martínez, Medias Rojas de Boston, quedó líder en
efectividad en la Liga Americana con 2.22. El receptor
boricua Javier López, Bravos de Atlanta, largó 43 jonrones,
42 de ellos como receptor, para establecer una nueva marca
en las mayores para catchers.
Un total de 275 peloteros de la República Dominicana,
Puerto Rico, México, Venezuela, Cuba, Panamá, Colombia y
Nicaragua actuaron en las Ligas Mayores durante la temporada
2003. Fue necesario el sacrificio de muchos hombres para que
estos jugadores pudieran llegar hasta donde están en la
actualidad. Nosotros queremos volver a 1902 para brindarle a
estos pioneros el reconocimiento que se merecen.
El primer latinoamericano en llegar a las Grandes Ligas fue
el colombiano Luis Castro, un infielder que tomó parte en
42 partidos con los Atléticos de Filadelfia en 1902.
Sin embargo, es en la década siguiente que los jugadores
latinoamericanos realmente “llegan” a las Ligas Mayores,
especialmente de Cuba, que con el tiempo se transformaría
en el mayor exportador de peloteros hacia las Grandes Ligas.
En 1911 jugaron el infielder Rafael Almeida y el jardinero
Armando Marsáns, pero fueron el pitcher Adolfo Luque y el
catcher Miguel Angel González los primeros con rango de
estrellas.
“Adolfo Luque fue el pelotero cubano más destacado hasta
la llegada de Orestes Miñoso”, escribió el periodista
Eladio Secades. “Y lo fue, porque le tocó lanzar para los
Rojos de Cincinnati en una época en la que eran uno de los
más consistentes competidores de la Liga Nacional y, por lo
tanto, había que tener calidad para lanzar con un conjunto
con chance”.
Luque llegó a las Ligas Mayores en 1914 y jugó 20 años
con los Bravos de Boston, incluyendo su famosa temporada de
1923 con los Rojos, cuando obtuvo su record de 27-8. También
fue el primero con 1.93 de efectividad y 6 blanqueadas.
Miguel Angel se presentó dos temporadas antes, también con
los Bravos. Durante un período que culminó en 1932, fue
reconocido como el clásico jugador defensivo con poca
fuerza al batear, aunque esto terminaría por convertirlo en
uno de los grandes estrategas de su generación. En 1938 se
convirtió en el primer latinoamericano en dirigir en las
Grandes Ligas, al encargarse de los Cardenales de San Luis
en el 38 y 40.
Otros famosos incluyen a Mel Almada, primer mexicano en las
Ligas Mayores, un outfielder que vistió el uniforme de los
Medias Rojas de Boston entre 1933 y 1939; y el primer
boricua Hiram Bithorn, un lanzador que lo hizo en 1942 con
los Cachorros de Chicago.
En 1939, el pitcher Alejandro Carraquel fue contratado por
los Senadores de Washington y se transformó en el primer
grandeliga venezolano. En 1955, el utility Héctor López
con los Atléticos de Kansas City, y el lanzador Humberto
Robinson, con los Bravos de Milwaukee, fueron los primeros
panameños. En la siguiente temporada se presentaría el
primer dominicano, Oswaldo Virgil, un infielder de los
Gigantes de Nueva York.
La presencia latinoamericana comenzó a sentirse fuertemente
recién en la década de los 50, apuntalada por un audaz y rápido
jardinero cubano llamado Orestes Miñoso, quien se convirtió
en el primer pelotero en actuar en cinco décadas
diferentes. Un bateador de línea con poder ocasional, Miñoso
tenía 26 años cuando llegó a las Ligas Mayores en 1949
con los Indios de Cleveland. Pero fue dos años más tarde
con los Medias Blancas que comenzó su leyenda.
“Los Indios me contrataron, peor no estaban realmente
convencidos”, comentó en una oportunidad. “Pensaban que
no podía, aunque en esa temporada del 49 jugué muy poco.
En sólo nueve juegos, como podían saber si podía o no? En
la temporada siguiente, tampoco me dieron la oportunidad. No
tomé ni un solo turno, pero en el 51 me cambiaron a los
Medias Blancas de Chicago y todos sabemos lo que vino después”.
Al llegar a Chicago tuvo ocho campañas con promedios
superiores a los .300 puntos y 31 robos. Fue el primero en
ganar en tres títulos consecutivos en ese departamento”.
Tú sabes, eso era viveza”, comentó el toletero derecho.
“En ese tiempo el juego se había vuelto estático con
tantos jonrones, y me dije, Orestes tú no tienes tanta
fuerza, así que debes hacer algo para que esta gente te
tome en cuenta. Si puedes correr, por que no lo haces?
Entonces vinieron los robos, los dobles y los triples. Esa
gente estaba de cabeza”.
Miñoso jugó hasta 1964 y en una oportunidad se anotó un
tubey con un toque de bola. Tenía 54 años cuando regresó
para batear ocho veces en 1976 y 58 años cuando volvió
para tomar dos turnos más en 1980 con el mismo uniforme de
los Medias Blancas.
Al llegar a Chicago en el 51, Miñoso se encontró con el
campo corto de los Medias Blancas, el venezolano Alfonso
“Chico” Carrasquel fue calificado como el mejor
torpedero de las Ligas Mayores, pese a la presencia de
shortstops como Phil Rizzuto, Johnny Pesky, Eddie Jost, Pee
Wee Reese, Alvin Dark, Johnny Logan, Roy McMillan y Dick
Groat. En 1951 se convirtió en el primer latinoamericano en
tomar parte en un Juego de Estrellas, que en esa temporada
se efectuó en el Briggs Stadium de Detroit.
“Fue un sueño hecho realidad, aún cuando no estaba
nervioso”, relató Carrasquel, que al obtener 1,309,538
votos de los fanáticos, superó los 1,213,774 votos de
Rizzuto, quien en la temporada anterior, con los Yankees de
Nueva York, había sido electo el Jugador Más Valioso de la
Liga Americana. “El juego diario me había ambientado y
estaba preparando psicológicamente para momentos especiales
como ese. La designación tampoco fue una sorpresa para mí.
Estaba consciente de mis condiciones para el juego y ya mis
méritos eran conocidos por todos.”
Carrasquel estuvo en la alineación del mánager Casey
Stengel hasta el sexto inning, cuando salió para que Miñoso
bateara por él, mientras Rizzuto entraba en el campocorto.
La Liga Nacional ganó finalmente 8 a 3, pero el resultado
no fue lo más importante, “Desde el principio, me sentí
como un ganador. Incluso antes de comenzar el partido,”
asegura Alfonso. “El compartir el hotel y el campo de
juego con Ted Williams, Stan Musial, Jackie Robinson, Duke
Snider Pee Wee Reese... eso era suficiente. Imagínate, hoy
todos ellos están en el Salón de la Fama.”
La segunda gran noticia de la década para Latinoamérica la
ofreció el mexicaño Beto Avila. Un segunda base que
bateaba a la derecha, Avila promediable más de .300 puntos
en 1952 y 1953, antes que su promedio de .341 en 1954 le
ganara la corona de bateo en la Liga Americana. Fue el
primer latinoamericano en alcanzar este trofeo. Con este
titulo, Avila aventajo precisamente a Miñoso, aunque lo más
importante fue su contribución al triunfo de los Indios de
Cleveland con un total de 111 victorias, la mayor cantidad
obtenida por un conjunto en la Liga Americana. El azteca
compartió méritos con el toletero Larry Doby, el
antesalista Al Rosen, el jardinero Al Smith y el celebre
grupo de lanzadores formado por Early Wynn, Bob Lemon, Mike
García, Bob Féller, Don Mossi y Ray Narleski. Por cierto
que los Indios nunca más han ganado un gallarte y Avila
nunca más bateo .300.
Dos temporadas más tarde, se provocó un tumulto en Chicago
con la llegada de Luis Aparicio para jugar en el campocorto
y él envió de Carrasquel a Cleveland.
Seis meses después Aparicio había disipado todas las dudas
con una actuación que le valió el título de Novato del Año,
un galardón que nunca antes había sido otorgado a un
latino. “No estaba muy seguro de poder ser electo como el
Novato del Año,” comentó Aparicio, quien bateó .266 y
fue el torpedero con más outs y asistencias en todo el
circuito. “había comenzado la temporada algo flojo con el
bate, pero después le tome el pulso a la liga. Realmente
nunca sentí presión. Era muy joven, pero ya Alfonso
Carrasquel me había dado una idea de lo que yo podía
conseguir”.
Si Miñoso asombro a toda la Liga Americana con su
velocidad, Aparicio marcó la pauta del resurgimiento de la
velocidad como arma letal. Fue el robador de bases número
uno en sus primeras nueve temporadas, algo que no ha logrado
ningún otro jugador, aún gacelas como Maury Wills, Lou
Brock, Rickey Henderson, Tim Raines y Vince Coleman.
“Siempre tuve muy buenos reflejos, y también aprendí los
movimientos de los lanzadores,” asegura Aparicio, cuyo
tope fue de 57 robos en 1964. “Mientras más conocida a
los pitchers se me hacia más fácil robar. Después vendrían
Wills, Brock, Henderson y los demás, porque el robo se
convirtió en un arma ofensiva. Ahora todos los equipos
andan buscando uno o dos hombres que puedan robar 40 ó 50
bases por año.
A la habilidad de Miñoso, la defensa de Carrasquel y
Aparicio, y el bateo del mexicano Beto Avila, los hispanos
agregaron en los años 60 el bateo de largo metraje y la
consistencia en el tiro. También hubo campocortos como los
cubanos Leonardo Cárdenas y Zoilo Versalles; lanzadores
como el boricua Juan Pizarro y el cubano Camilo Pascual;
bateadores como el venezolano Víctor Davalillo y los
hermanos Felipe y Mateíto Alou. El cubano Dagoberto
Campaneris y el venezolano César Tovar jugaron en las
nueves posiciones. Pero la historia de los años 60 fueron
los puertorriqueños Roberto Clemente y Orlando Cepeda, el
dominicano Juan Marichal y el cubano Tony Oliva.
Clemente fue contratado originalmente por los Dodgers, pero
su contrato fue vencido a los Piratas de Pittsburg porque
con Duke Snider y Carl Furillo no había cupo para él. Un
error de cálculo que los Dodgers lamentarían en 1961,
cuando Roberto Clemente consiguió la primera de sus cuatro
coronas de bateo. Su carrera culminaría con tres mil
imparables, un promedio vitalicio de .317, y una placa en el
Salón de la Fama.
Clemente fue un hombre reservado, que prefería expresarse
con un bate, como lo hizo en la Serie Mundial en 1971 contra
los Orioles, cuando ayudo a ganar a los Piratas, al batear
con un promedio de .414, con 2 jonrones y 4 carrera
empujadas.
“No me gusta hacer comparaciones,” dijo Cepeda de
Clemente. “Roberto, por encima de cualquier otra cosa, fue
un amigo. Mi amigo personal, pero para mí, lo único que
diferencio a Mays de Roberto, fue su poder y un poco más de
velocidad en las bases.”
“Si, Clemente se la pasaba quejándose” relata Marichal.
“Un día le dolía el cuello y al siguiente la espalda.
Tenia mil dolores pero todos desaparecían cuando iba a
batear. Fue un gran competidor. Siempre llagaba a los juegos
preparado mentalmente. Era orgulloso y tenia razones para
protestar por el poco reconocimiento que tuvo. Es el mejor
ejemplo para la comunidad”.
Con tanto talento en el plato como Clemente, Cepeda tenia
una personalidad diametralmente opuesta. Apenas llegó, le
disputó al mismo Willie Mays el liderazgo entre los
jugadores de los Gigantes y el favoritismo de los fanáticos
de San Francisco. Pero no todo era simpatía en Cepeda.
Inicialmente contratado por los Gigantes en 1958, a los 20 años
de edad, fue el primer hispano Novato del Año en la Liga
Nacional. A los 21, finalizó su primera temporada con más
de 100 empujadas, y a los 23, conectó .311 y encabezó la
Liga Nacional con 46 jonrones y 147 impulsadas. En sus
primeras siete campañas, conectó más jonrones que Henry
Aarón, Mickey Mantle y Willie Mays en sus siete años
iniciales. Cepeda jugó con los Gigantes y era el cuarto
bate detrás de Willie Mays y delante de Willie McCovey. Jugó
con los Cardenales de San Luis y era el cuarto bate detrás
de Lou Brock. Jugó con los Bravos de Atlanta y era el
cuarto bate detrás de Henry Aarón. Jugó con los Medias
Rojas de Boston y era el cuarto bate detrás de Luis
Aparicio y Carl Yastrzemski. Y jugo con los Cangrejeros de
Santurce en Puerto Rico, donde fue cuarto bate, detrás de
Roberto Clemente. Salvo Cepeda, todos ellos están en el Salón
de la Fama.
“Es sólo ahora que me he dado cuenta que jugué al lado
de varios de los más grandes jugadores de todos los
tiempos”, dijo recientemente Cepeda. “En ese momento yo
solo me sentía orgulloso de estar con ellos; e inclusive
aprendí muchas cosas con Mays y con Aaron, pero en ningún
instante me sentí inferior a ellos. Siempre tuve confianza
en mi talento.” Como a Cepeda, a Marichal le tocó jugar
en una época donde abundaban lanzadores de la talla de
Sandy Koufax, Bob Gibson y Don Drysdale.
“Eran unos fuera de serie,” confesó una vez Marichal,
con seis campañas de 20 victorias en su carrera. “De
todos, a Koufax fue a quien más admire. Creo que, al menos
zurdo, no ha existido uno como Sandy. Sólo tenia tres
pitcheos; rectas, curva y cambio. Todos los bateadores lo
sabían, los esperaban y fallaban. Era un pitcher
superdotado.” Y Marichal? “No me gusta hablar de mis
virtudes.” Si hubo algún toletero latinoamericano cuya
naturalidad al batear pudo compararse con la de Ted Williams,
fue Tony Oliva, único en toda la historia de la Ligas
Mayores en ganar coronas de bateo en sus dos primeras
campanas completas en la Gran Carpa.
Sus 217 incogibles en su año de novato con los Mellizos de
Minnesota, todavía son un récord para la Liga Americana.
Recibió otros títulos cinco de imparables y cuatro de
dobles, en una carrera interrumpida antes de tiempo por
culpa de una serie lesión en la rodilla izquierda.
En los años 70, el panameño Rod Carew consiguió 6 de sus
siete títulos de bateo, los cubanos Luis Tiant y Miguel Cuéllar
sumaron seis campañas de 20 victorias, el dominicano
Ricardo Carty ligó .366, el venezolaño David Concepción
inició su escalada hacia la élite de los torpederos en
ambas ligas, el quisqueyano Manuel Mota y el venezolano Víctor
Davalillo mostraron sus condiciones como bateadores
emergentes, y para muchos el cubano Tony Pérez fue el eje
de la Gran Maquina de los Rojos de Cincinnati, el equipo más
poderoso de la década.
“Los periodistas y la gente llegaron a la conclusión de
que yo era el eje de todo,” dijo Pérez, que entre 1970 y
1976 nunca impulsó menos de 90 carreras y en cuatro
temporadas remolcó más de 100. “Era el líder del
equipo, y pienso que eso me lo gane por mi trabajo en el
campo de juego y por mi personalidad. Era como una especie
de puente entre los latinos y los norteamericanos, y entre
el mánager y los jugadores. Y eso también lo conseguí por
que me llevaba bien con todos. Todos eran estrellas, aún
para mí, y todos eran iguales.
En ese periodo de siete años, los Rojos también con Pete
Rose, Johny Bench, Joe Morgan, George Foster, Ken Griffey y
David Concepción, ganaron cinco títulos divisionales,
cuatro gallardetes en la Liga Nacional y dos Series
Mundiales. Pero cuando Pérez fue enviado a los Expos, no
lograron atrapar a los Dodgers en 1977 y en 1978.
Los años ochenta vieron el establecimiento de los
dominicanos como el grupo más numeroso entre los
latinoamericanos, el arribo del carismático lanzador
mexicano Fernando Valenzuela con su mortal lanzamiento de
tirabuzón, el campeonato de jonrones y empujadas del
venezolanos Antonio Armas, la destreza de su compatriota
Oswaldo Guillén en el campocorto, la aparición de
talentosos receptores como el quisqueyano Tony Peña, el
venezolano Baudilio Díaz y los boricuas Benito Santiago y
Sandy Alomar. Pero quizás lo más notable fue la aparición
del cubano José Canseco, la quintaesencia del jugador de béisbol,
quien se convirtió en el primer latino en arribar a los 400
jonrones. “Solo lesiones le impedíron ser en rebosar la
marca de los 500 cuadrangulares, algo que le acortó su
carrera. Terminó con 462 vuelacercas. En sus tres primeras
temporadas en las Ligas Mayores, Canseco consiguió por lo
menos 30 jonrones y 100 impulsadas, algo que nadie había
hecho anteriormenete. En 1988 robo 40 bases y largo 40
vuelacercas, para convirtirse en el primero en hacerlo en
las Mayores. En un nivel más práctico, fue el primero en
cobrar 5 millones de dólares en una sola temporada. En los
últimos años, el número de peloteros latinoamericanos ha
aumentado en cada temporada, y 2004 no será la excepción.
Un total de 362 hispanos están repartidos entre los rósters
del primaverales; 178 en la Liga Nacional y 184 en la Liga
Americana. En cada conjunto de Grandes Ligas hay por lo
menos ocho hispanos.
Las contribuciones de los hispanos al béisbol, aún cuando
han sido enormes, continuarán y serán mayores. Ya hay
peloteros en las ligas menores preparados y listos para
brillar en el juego. También, con la expansión de las
Ligas Mayores, puede ser que se produzca un ámbito en
alguna cuidad latinoamericana para el béisbol. Nadie nunca
sabe donde podrá ser, pero tendrá como piedra fundamental
la tradición y la calidad establecida por todos los
jugadores hispanos que nos precedieron. Sin embrago, ya por
segundo año seguido, San Juan, Puerto Rico, albergará 22
juegos de Grandes Ligas, cuando una vez más los Expos de
Montreal escojan el estadio Hiram Bithorn para esos juegos.
Es bueno mencionar, que el dominicano Omar Minaya se
convirtió en el primer gerente general de nuestra raza, al
tomar las riendas de los Expos. También, un empresario de
descendencia mexicana, Don Arturo Moreno, compró a los
Angelinos de Anaheim, y le ha dado un giro total para
convertirlo una vez más en un equipo campeonil, adquiriendo
los servicios de los dominicanos el lanzador Vladimir
Guerrero y el lanzador Bartolo Colón. Desde 1902 hasta el
2004, la contribución de los latinos hacia el béisbol
continúa y continuará para hacer de este deporte el más
popular mundialmente.
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